¿Para qué les sirve Europa a los europeos?
La distancia sideral entre quien vive y quien decide
Me lo he preguntado muchas veces. Y quizá ponerlo en palabras y compartirlo pueda ayudar a quienes se plantean la misma pregunta.
Si en ese hemiciclo se sentaran de vez en cuando empleados, comerciantes, agricultores, amas de casa, profesionales, jóvenes realmente representativos de la Europa real, ¿podrían aportar algo? ¿Tomarían las mismas decisiones que sus representantes?
No se trata de desprecio, sino de una constatación elemental: entre quien vive y quien decide se ha abierto una distancia sideral. Lo que aniquila es que quien decreta casi nunca paga el precio. La cuenta llega siempre a otra mesa: la mía. Yo, que por la mañana ficho y crío a mis hijos.
Tomemos el símbolo más descarado de la inutilidad. Doce veces al año el Parlamento de la UE entero hace las maletas y se traslada de Bruselas a Estrasburgo para después recorrer el camino inverso: más de cien millones quemados cada año, reconocidos por las propias instituciones. Un comerciante que cuenta los recibos uno a uno cerraría esa segunda sede esa misma tarde. La política continental, en cambio, celebra su peregrinación mientras a nosotros nos pide ahorrar energía y papel. La solución parece incluso obvia para cualquier ciudadano sensato: sede única, calendario vinculante, voto público para quien pretenda conservar el despilfarro. Que se lo diga a la cara a los contribuyentes y responda por ello. O que lo pague de su bolsillo: la vida enseña que meter la mano en la cartera de alguien lo vuelve inmediatamente reactivo. Más aún cuando, por ir a sentarse en ese hemiciclo, a ese alguien le corresponde una dieta de estancia de 359 euros al día. Y para cobrarla basta una firma en el registro de asistencia. En los días de votación en el Pleno, quien firma y después falta a más de la mitad de las votaciones sigue cobrando la mitad: 179,50 euros.
Después, las fronteras. Quien cría hijos en un barrio real, y no detrás de una verja vigilada, sabe distinguir la acogida de la rendición. Abrir de par en par las entradas como si cada llegada fuera un acto de civilización no es generosidad: es abdicación, y la pagan siempre los mismos, en periferias que la política solo visita cuando se acerca el voto. Hace falta una frontera exterior severa, repatriaciones que no se queden en el papel, acuerdos vinculantes con los países de origen, vías legales abiertas solo donde exista una necesidad real.
Después está la industria. ¿Quien ha pasado la vida en una fábrica de automóviles habría entregado el volante a los fabricantes chinos para cumplir una fecha en el calendario? Se le ha impuesto un rumbo eléctrico tan rígido que pone en peligro cadenas productivas, oficio, ingeniería y un siglo de historia. No hacen falta conspiraciones: basta mirar quién sale ganando. La transición no debe repudiarse, debe hacerse tecnológicamente neutral: eléctrico, híbrido, biocarburantes, combustibles sintéticos, hidrógeno, siempre que la industria siga siendo nuestra y capaz de competir.
Incluso los datos. Protegerlos es justo; pero la normativa de privacidad se ha convertido en un tormento que invade cada gesto cotidiano y acaba tratando como sospechosos precisamente a los honrados: aquellos para quienes la transparencia es una forma de vivir, no un laberinto de firmas incomprensibles. Ningún ciudadano razonable la habría alumbrado así. Bastan modelos estándar, obligaciones proporcionadas al riesgo real, exenciones de verdad para los pequeños.
Por último, el mayor engaño: un continente que se proclama unido y sigue fragmentado en mil reglas y resquicios nacionales. Un profesional que quiera trabajar al otro lado de la frontera descubre pronto que el mercado único es a menudo solo una promesa notarial. Hacen falta procedimientos comunes, reconocimientos automáticos, una sola ventanilla europea. Y la libre circulación de las personas.
La verdadera Europa es un bien precioso y pide ser preservada: sus ciudades, los talleres, los campos, el derecho, el arte, la lengua, esa manera tan nuestra de habitar nuestro mundo.
Vuelvo entonces a mi pregunta, y la respuesta no cambia: Europa volverá a servirnos el día en que quien decide vuelva a habitar, al menos un poco, el mundo de quien vive. Menos distancia y sermones. Y más protección.