No dejéis que os eduquen a la baja
Italia es valor, calidad, oficio. El exceso de competencia se vuelve peligroso cuando enseña a los jóvenes que solo cuentan el precio, la velocidad y la cantidad.
Hay una mentira elegante que desde hace años se repite como si fuera sentido común: más competencia siempre significa más bienestar. Más ofertas, más elección, más posibilidades, precios más bajos. Dicho así, parece una verdad inexpugnable. En parte lo es. Pero solo en parte.
La competencia es útil cuando premia a quien sabe hacerlo mejor. Se vuelve tóxica cuando obliga a todos a hacerlo peor: trabajar más, ganar menos, estudiar menos, formarse menos, cuidar menos al cliente, rebajar los estándares, aceptar condiciones cada vez más frágiles con tal de seguir en el juego.
Eso es el exceso de competencia: no el mercado libre, sino el mercado vaciado. Una carrera en la que no gana el más capaz, sino quien consigue costar menos. Y cuando el precio se convierte en la única medida, antes o después pierden todos: empresas serias, trabajadores, clientes, profesionales, jóvenes.
Para quien hoy se incorpora al trabajo, el riesgo es enorme. Se le dice que sea flexible, rápido, disponible, competitivo. Palabras acertadas, desde luego. Pero también pueden convertirse en el vocabulario elegante con el que se pide a una generación que valga poco. Porque donde todo debe costar menos, el trabajo también acaba costando menos. Donde se malvende el servicio, se humilla la competencia profesional. Donde se trata la calidad como un lujo, el salario se vuelve inevitablemente frágil.
Por eso esta no es solo una cuestión económica. Es una cuestión cívica. Una competencia mejor también protege los salarios de los empleados, porque defiende el valor del trabajo. Si una empresa solo puede sobrevivir recortando formación, retribuciones, profesionalidad y atención, quizá no sea verdaderamente competitiva. Es sencillamente débil.
Italia debería entenderlo antes que los demás. Este país siempre ha sido valor, calidad, oficio, proporción, gusto, detalle. Es referencia en moda, diseño, agroalimentación, mecánica, artesanía, hostelería, manufactura de alto nivel. No nos hicimos reconocibles en el mundo porque costásemos menos. Nos hicimos reconocibles porque sabíamos hacerlo mejor.
A los jóvenes, entonces, hay que decirles algo sencillo: no dejéis que os convenzan de que el futuro está todo en la cantidad. No lo está. El futuro está en la competencia escasa, en la seriedad, en el cuidado, en la capacidad de hacerse necesario. Un oficio bien hecho vale más que cien prestaciones cualesquiera. Una profesionalidad sólida vale más que mil improvisaciones rápidas. Un país que deja de enseñar esto solo prepara su propio declive.
Hacen falta decisiones concretas. La escuela, la universidad y la formación técnica deben volver a enseñar el valor económico de la calidad, no solo la adaptación al mercado. Los incentivos públicos deberían premiar a las empresas que invierten de verdad en formación, estabilidad laboral, productividad y crecimiento profesional. En los sectores esenciales, además, hacen falta indicadores claros sobre calidad del servicio, reclamaciones, tiempos de respuesta y satisfacción real de los ciudadanos. No más burocracia, sino responsabilidad visible.
No hay que temer la competencia. Hay que elevarla. Porque un país no muere solo cuando pierde industrias. También muere cuando enseña a sus hijos que valer poco es normal.