El taller y la máquina
Por qué la inteligencia artificial continúa la historia de la automatización del trabajo y, por primera vez, puede contribuir a su propia mejora
Hay una imagen que me viene a la mente cuando pienso en la inteligencia artificial: el taller de los artesanos. El banco gastado, las herramientas ordenadas, las manos que conocen el material mejor que cualquier dibujo técnico. Durante siglos el trabajo fue, sobre todo, eso: un saber que habitaba en los gestos.
Después llegaron las máquinas. Primero las gobernadas directamente por el ser humano; después, instrumentos cada vez más autónomos, capaces de ejecutar con precisión lo que antes exigía años de aprendizaje. El artesano no desapareció. Cambió de función: de ejecutor pasó a ser quien concebía el trabajo, preparaba la máquina, controlaba el resultado y corregía los errores.
Con la informática está ocurriendo algo parecido.
Del artesano al programador
Durante décadas los programadores han sido los artesanos de nuestro tiempo. Escribían el código línea a línea, conocían lenguajes, arquitecturas y lógicas de una manera casi física.
Hoy una parte creciente de ese trabajo pasa a la inteligencia artificial, que puede generar código, corregirlo y proponer soluciones. El programador no desaparece: es cada vez menos el autor material de cada línea y cada vez más quien define el problema, orienta el sistema, verifica el resultado y asume su responsabilidad.
Se objetará que las máquinas industriales ejecutaban órdenes precisas, mientras que la inteligencia artificial interpreta y puede equivocarse. Es verdad. Pero también las primeras máquinas producían piezas defectuosas, se atascaban y exigían vigilancia continua. Toda tecnología, al principio, parece demasiado imperfecta para sustituir a la que la precedió.
La revolución industrial no se completó en unos pocos años. Las fábricas siguen evolucionando todavía hoy. Sería ingenuo, por tanto, juzgar la inteligencia artificial actual como una obra terminada. Estamos al principio, y los principios son imperfectos.
La máquina que contribuye a construir la máquina
Es aquí, sin embargo, donde se rompe la analogía con el pasado.
El torno nunca ha diseñado un torno mejor. El telar nunca ha reescrito su propio funcionamiento. La inteligencia artificial aún no se mejora completamente sola, pero ya puede participar en el proceso con el que se construyen sistemas mejores: genera código, propone algoritmos, ejecuta pruebas, compara resultados y desarrolla las soluciones más eficaces.
Por primera vez, la máquina no se limita a ejecutar el proyecto humano. Empieza a colaborar en el diseño de las máquinas que vendrán después.
Todavía no es autonomía plena. Pero ya no es solo automatización.
Esto también cambia la naturaleza del saber. Si el trabajo ya no consistirá solo en saber hacer, sino en saber preguntar, dirigir y juzgar a una máquina, ¿qué deberemos enseñar a nuestros hijos? ¿Y qué valor tendrá, mañana, una obra enteramente realizada por seres humanos?
Aprender a usarla antes de padecerla
Algo, sin embargo, ya está claro: la inteligencia artificial no es una competencia reservada a los informáticos. Entrará en casi todos los oficios: en la cirugía y en la agricultura, en los talleres y en las escuelas, en los despachos profesionales, en los tribunales, en las tiendas y en las oficinas públicas.
No sustituirá a todos ni hará inútil la experiencia. Al contrario, será tanto más útil cuanto más se confíe a personas capaces de reconocer un error, formular una pregunta correcta y distinguir un resultado plausible de uno fiable.
Aprender a usarla no es, por tanto, un capricho tecnológico. Es una nueva forma de alfabetización profesional. Cada cual deberá entender cómo puede modificar su trabajo, qué tareas puede acelerar, qué riesgos introduce y qué decisiones no deben delegarse en ella.
Quien no aprenda a usarla no será necesariamente sustituido por una máquina. Es más probable que le supere una persona que, desempeñando el mismo oficio, haya aprendido a usarla mejor.
El artesano que ha atravesado la revolución de las máquinas no es quien las rechazó ni quien se rindió ante ellas. Es quien aprendió a gobernarlas, conservando lo que ningún automatismo podía garantizarle: el sentido del trabajo bien hecho.
Esa es la tarea que nos espera. No defender el gesto, sino preservar el sentido. No adorar la máquina, sino aprender a dirigirla.
El taller no cierra. Evoluciona y actualiza su código ATECO [clasificación italiana de actividades económicas].